
Qué puede decir este humilde mortal de un genio tan grande como fue Bobby Fischer, así como muchos genios han dejado huella en tantas disciplinas y sus seguidores, Bobby Fischer lo hizo con quienes aprendimos a jugar ajedrez en la época de los 60 – 70, Fischer revolucionó el ajedrez y lo puso a la altura de todos los deportes, por las buenas o por las malas. Quienes apenas movíamos las piezas de ajedrez de pronto alguien nos preguntaba “Usted sabe quien es Bobby Fischer” y nos decían “El que no conoce quien es Bobby Fischer no sabe nada de ajedrez”, así es que hubo que revisar periódicos y revistas y comenzar a enterarnos de quien era este gran jugador norteamericano, que enfrentaba a los rusos en todos los campos de batalla y los estaba derrotando. Nos hicimos seguidores por supuesto del genial norteamericano quien era comparado con Pablo Morphy, hubo que buscar quien había sido Pablo Morphy y de esta manera conocidos su brillante carrera pero meteórica.
El Match del Siglo fue la culminación de todos aquellos que admirábamos a este genial jugador de ajedrez, al derrotar a Spassky en Reikiavik, Islandia, había terminado la hegemonía de los campeones mundiales de ajedrez de origen ruso, nunca imaginamos que también sería prácticamente la despedida del ajedrez de competición de Roberth James Fischer y que nunca más después de ser campeón mundial, volveríamos a disfrutar de reproducir una y otra vez sus partidas en el tablero después de alcanzar el título.
Transcribo el artículo aparecido en la sección de deportes de la Voz de Asturias en ocasión de la muerte de Bobby Fischer.
Los grandes ajedrecistas se convierten en mitos tras su fallecimiento, pero Bobby Fischer ya lo era desde hacía más de tres décadas, desde exactamente 1973, cuando decidió apartarse del mundanal ruido y recluirse en sí mismo. Por aquel entonces dominaba el mundo del ajedrez de manera hegemónica. Ayer murió físicamente como consecuencia de una enfermedad no precisada en su casa de Reikiavik (Islandia). Tenía 64 años, como 64 son las casillas que lo hicieron famoso, y sufría ataques paranoicos. Era un mito que sobrevivía en la absoluta indigencia.
"Soy un individuo detestable --declaraba Fischer--. Mis ideales son el ajedrez y ser rico. Es pecado?" Quizá fuera detestable, pero también un genial revolucionario. El ajedrez le debe mucho: no solo desde el punto de vista teórico, pues aportó incontables mejoras en el mundo de las aperturas y los finales, sino que él fue el gran responsable de que el juego, recluido en aquella época en los países comunistas, se expandiera por los cinco continentes. Dicen que los actuales ajedrecistas profesionales se ganan la vida gracias a Fischer.
Es una lástima que sus excentricidades nublen la carrera del que fue, para muchos, el mejor jugador de todos los tiempos. Su reinado fue breve, pero nadie aplastaba a sus rivales como él lo hizo. La fama de Fischer trascendió el ajedrez en 1973. Aquel año se proclamó campeón del mundo, el primer estadounidense que lo lograba, tras derrotar al soviético Spassky en un encuentro disputado en plena guerra fría --sus biógrafos recuerdan que tenía línea telefónica directa con el presidente Nixon--. Fueron 21 memorables partidas, aunque deberían decirse 20, puesto que Fischer no se presentó a la segunda por un capricho infantil, tras perder incomprensiblemente la primera. Luego no aflojó hasta el definitivo resultado: 7-3 y 11 tablas.
Fischer fue un niño con una infancia difícil. Sus padres legales --la rumorología le endosa otro padre biológico-- se divorciaron cuando tenía dos años. Fue también un mal estudiante, aunque un prodigio en ajedrez: aprendió a jugar leyendo un libro a los seis años y pronto ingresó en un club. Por aquella época se trasladó a vivir desde Chicago, su ciudad natal, a Nueva York.
En 1957, cuando tenía 14 años, se proclamó campeón de EEUU, el más joven de la historia, y dos años después ganó el título de gran maestro, categoría equivalente al cinturón negro del judo, batiendo el récord mundial de precocidad. Sus progresos fueron notables desde entonces, pero no meteóricos. Ganó muchos torneos, pero su eclosión definitiva tardaría en llegar. Más incluso que el mundial del 73, su mayor éxito fue posiblemente los encuentros que le permitieron retar al campeón Spassky. En un mundo en el que las tablas son el resultado más habitual, Fischer las ganaba casi todas: Taimanov (6-0), Larsen (6-0) y Petrosian, campeón del mundo (6,5-2,5).
Luego desapareció casi por completo. Se convirtió en un infeliz que pasó por Yugoslavia cuando estaba prohibido, recaló momentáneamente en Japón y, huyendo de las autoridades de su país, acabó definitivamente en la plácida Islandia.