
Bent Larsen: una mente olvidada
Una de las últimas leyendas del deporte, se radicó hace 22 años en la Argentina; nunca se lo tuvo en cuenta para que aplicara sus conocimientos.
Tal vez fue una celada del amor o acaso las ansias de sumergirse en un modo de vida recoleto lejos de las capitales europeas, sede de los principales torneos de ajedrez, lo que lo sedujo; lo cierto es que hace 22 años el gran maestro dinamarqués Bent Larsen, de 69 años, una de las últimas leyendas de la historia de ese juego, eligió a la Argentina, un lugar donde construir la nueva morada.
Fue en 1982, tras la actuación en el Magistral de la ciudad de Mar del Plata, cuando el experto ajedrecista ejecutó el bizarro enroque en el que trocó piezas por casa y damas por esposa; formó pareja con Laura, una abogada argentina, y se mudaron a la ciudad de Martínez, un punto en el norte de Buenos Aires.
En una pequeña habitación, atiborrada de revistas, libros, recortes, diarios, enciclopedias y juegos de ajedrez, Larsen da señales de sentirse a gusto con ese desorden, un entorno que descubrió a los 6 años. Aunque nació en Tilsted (Dinamarca), su crianza e infancia transcurrió en la ciudad de Holstepro; a los 12 ingresó en un club de ajedrez y a los 19 se consagró como maestro internacional; a los 21 alcanzó el título de campeón de su país y el de gran maestro. En 1958, a los 23, llegó por primera vez a la Argentina y conquistó el torneo de Mar del Plata.
“Por entonces estudiaba ingeniería, y aunque me faltaba un año para recibirme perdí las ganas; quizá los éxitos hacen difícil renunciar a algo y yo no me quise alejar del ajedrez”, dice con acento español, aunque podría ser en inglés, danés, alemán, francés, sueco, holandés o ruso, idiomas que domina como los movimientos del sesgo alfil.
Bent Larsen, que en 1988 se convirtió en el primer gran maestro que perdió en un torneo (Long Beach) frente a una máquina (Deep Thought) y, en 1993, el primero que venció a Deep Blue (conocida por sus matches ante Kasparov), enumera al sueco Ulf Andersson y al yugoslavo Svetozar Gligoric como los mejores amigos entre sus pares. Dice no ser supersticioso, aunque cree que la suerte es un don que les toca sólo a algunos. “Para llegar a ser campeón mundial, entre otras cosas, se necesita un poco de suerte y una fuerte federación nacional de respaldo.”
Por Carlos A. Ilardo
Para LA NACION